El futuro de la crítica (II)

Al desprestigio y degeneración de la crítica, han contribuido en nuestra sociedad, como recordábamos en el apunte anterior, además de los editores, los periodistas y los propios críticos, una mayoría de autores que, lejos de rebelarse ante un panorama cada vez más deprimente, ha preferido aceptar y aun agradecer un servilismo que en realidad supone, en última instancia y a pesar de una presunta y urgente rentabilidad, un humillante desprecio a su trabajo.

La pueril y chabacana idea de que los críticos no saben de lo que hablan, que es muy fácil criticar novelas pero muy difícil hacerlas y todas las consabidas variaciones en torno a esa embarazosa ridiculización del pensamiento ―pues de eso se trata, a fin de cuentas― ha adquirido en nuestro país, increíblemente, una sólida reputación que ha terminado por infectar poco a poco al cuerpo entero en que late la crítica, desde el periodismo de opinión hasta el ensayo, reflejo último del estado mental que nos rodea. A todo ello subyace un miedo, apenas disimulado en ocasiones por el exabrupto arrogante de quien desprecia cuanto ignora, a lo que vagamente se denomina como “lo intelectual” y un rechazo, cada vez más violento, por la complejidad, aviesamente entendida como enemigo de lo democrático y sustituida por una noción portátil e ingenua de la simplicidad que, en el fondo, alimenta resabios totalitarios.

Cuando un escritor se manifiesta ufanamente en contra de la crítica ―no de una determinada práctica de la misma sino de la disciplina en general―, además de hacer el ridículo, se sitúa voluntariamente fuera del espacio en que la literatura culmina su concepción y pide que su obra sea tratada, no ya cual mero entretenimiento, sino como un objeto mudo, sordo y estéril; en definitiva, pide que su obra deje de respirar. Y lo peor de todo ello es que el acuerdo tácito en virtud del cual se ha desposeído a la crítica de sus funciones ha condenado al silencio a todas aquellas obras que, precisamente por su complejidad, no se adaptan a las casillas y etiquetas con las que juega el reseñismo más elemental y que, gracias a ello y aunque fueron en su mayoría concebidas sin vocación de marginalidad, ocupan ya los arrabales de la polis, aquejada, en consecuencia, de graves problemas de salud pública. Resulta ciertamente cada vez más difícil publicar obras ambiciosas sin que nadie le exija nunca nada a nadie, sin que al otro lado aguarde la respuesta que confirma el sentido último de toda creación literaria y artística: ser pensada.

Esa misma carencia preocupaba a Henry James cuando, en una fecha tan tardía como 1914, culminada ya la práctica totalidad de su obra, denunciaba la ausencia de una crítica en la literatura anglosajona capaz de guiar a los escritores, sobre todo a los novelistas, un vacío que sin duda estimuló su propia y perspicaz obra ensayística, donde trató de construir una lectura valiente tanto de sus contemporáneos, ingleses, franceses y norteamericanos, como de sus antecesores y aun de su propia literatura, especialmente en los extraordinarios e insólitos, por la extrema severidad que se inflinge a sí mismo, prefacios a la edición de 1909 de su obra completa. En este sentido, es muy interesante ―a la par que desolador― ver cómo James, en los últimos años de su vida, inmerso en un proyecto narrativo cada vez más complejo y solipsista, desatendido por todos, trata de esculpir, en el azogue de sus trabajos críticos, un juez imaginario, capaz de tomar distancias y arremeter contra sus novelas con toda la inteligencia y el ardor con que él las había escrito. El personaje es sin duda una de sus mejores figuraciones espectrales.

Poco tiempo después de la muerte de Henry James, Edmund Wilson, ya en los años veinte, pareció recoger el guante del novelista y se propuso ocupar ese vacío e intervenir en la vida pública de Estados Unidos a través de la crítica literaria, ensanchando el camino abierto por el crítico H. L. Mencken. En su, aun hoy día, ejemplar trayectoria crítica (sí, a pesar de sus flagrantes equivocaciones, causadas en primer lugar por su desmesurado ―pero conmovedor― apetito de convertirse en el Escila de su época y también por algo que podríamos llamar su idiosincrasia interpretativa, esa maniática y fascinante particularidad que todo gran crítico desarrolla y que en su caso le inoculó una desconcertante sordera a algunos lenguajes trascendentes: no entendió a Kafka, pero tampoco a Emily Dickinson ni a Wallace Stevens), Wilson no sólo quiso dar relieve a la literatura de su tiempo (Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Dos Passos) sino también organizar para sus contemporáneos una tradición, de tal manera que se propuso analizar y vindicar la grandeza de Melville, Hawthorne o Henry James, hasta entonces encerrados en el desván de las rarezas. No es exagerado decir que gracias a la labor, entre otros, de Edmund Wilson, la literatura norteamericana alcanzó una madurez y una universalidad que hasta entonces le había sido vedada.

En un artículo temprano y programático, elocuentemente titulado “El crítico que no existe” (1928), Wilson afirmaba: “Creo firmemente que nuestra producción literaria contemporánea se beneficiaría mucho con críticas genuinas que manejaran ideas y nociones de arte y no se limitaran a revelarnos que al recensor ‘le encantó’ el libro o que lo tiró por la ventana. En cierto sentido, se podría decir que no existe un crítico literario que trabaje a tiempo completo, es decir, un gran escritor que se dedique exclusivamente a la crítica. […] En Estados Unidos, realmente no se ha desarrollado ningún tipo de crítica y me temo que esto debe tomarse como una señal de la condición rudimentaria de nuestra literatura.”[1]

En este párrafo, y en general en todo el artículo, Wilson acierta a formular algunos de los problemas que ahora nos conciernen a nosotros ―es decir, que ahora deben preocuparnos a nosotros, independientemente de que siempre o en otras épocas hayan existido― y que tienen que ver con la concepción de la crítica no sólo como una cuestión estética, sino también moral y política.



[1] Edmund Wilson, Obra selecta, Barcelona, Lumen, 2008, p. 45.

Un pensamiento en “El futuro de la crítica (II)

  1. Muchos escritores se quejan de la calidad de la crítica actual (sobre todo cuando se sienten maltratados), pero contra la crítica en abstracto no suelen arremeter.

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